
Hay una imagen que se repite cada verano. Alguien llega a una ciudad, baja del avión, conecta la eSIM antes incluso de recoger la maleta y abre una carpeta de Instagram con cincuenta lugares guardados. Empieza entonces una carrera silenciosa: el café que hay que probar, el mirador al que hay que subir, el restaurante que todo el mundo recomienda, la playa que no puedes perderte…
Lo cierto es que nunca antes habíamos viajado tanto y, al mismo tiempo, nunca habíamos viajado de una forma tan parecida. Todo el mundo quiere ir, donde se tiene que ir.
Dentro de unas semanas volveré a preparar mi mochila para regresar al Sudeste Asiático. Quienes lleváis tiempo por aquí sabéis que existe un vínculo difícil de explicar con esa parte del mundo. Intento volver cada año, mínimo unas tres semanas. No porque me queden países por tachar de una lista, sino porque allí encontré una forma de viajar que terminó cambiando muchas otras cosas.
Este verano será Malasia. Antes fueron Tailandia, Vietnam, Myanmar, Laos, Indonesia, Camboya, India, Sri Lanka y Nepal.
Y, como cada año, volverá a aparecer la misma pregunta.
– ¿Ya lo tienes todo reservado?
– No. Nunca lo hago.
Y no es porque me guste improvisar por sistema ni porque crea que exista una forma correcta de viajar. Cada uno encuentra la suya. La mía, simplemente, necesita dejar espacio para que las cosas ocurran. Reservo la primera noche. El resto prefiero descubrirlo sobre la marcha.
Siempre llevo una idea aproximada de la ruta. Sería ingenuo decir que viajo sin plan alguno. Leo, investigo, marco lugares en el mapa y paso horas imaginando el recorrido. Pero intento que ese recorrido no se convierta en una obligación. Porque quiero poder quedarme un día más en ese pueblo del que nunca había oído hablar. Porque quiero cambiar una isla por otra si alguien me dice que el mar está más tranquilo al otro lado. Porque quiero sentarme a desayunar sin mirar el reloj. Porque quiero que una conversación tenga la capacidad de cambiar un viaje entero.
El Sudeste Asiático me ha enseñado precisamente eso: que los mejores recuerdos rara vez estaban previstos. No estaban en las guías. Ni en los rankings. Ni en los vídeos virales de «diez lugares imprescindibles».
Podría contaros mil historias de todos estos años viajando. Las mañanas esperando buses, trenes y barcos con horas de retraso. Aquel interminable trayecto en autobús por Laos que se detuvo casi un día porque un puente había cedido tras las lluvias y estaba todo el mundo ayudando. O la noche en la que me desperté en un autobús nocturno y descubrí que un laosiano dormía tranquilamente a mi lado porque la litera era doble y, para él, aquello era lo más normal del mundo.
Ninguna de esas escenas aparecía en una guía. Ninguna estaba prevista. Y, sin embargo, son algunos de los recuerdos más vivos que conservo de aquellos viajes. Quizá por eso cada vez me interesan menos los itinerarios perfectos y más las historias que solo ocurren cuando dejas espacio para que el viaje también decida.
Por esto precisamente, nunca he comprado una tarjeta de datos nada más aterrizar. Descargo los mapas antes de salir de casa y durante el día prácticamente desaparezco de internet. Solo vuelvo a conectarme cuando llego al alojamiento. No es una cruzada contra la tecnología. Es una forma de recordar que el mundo sigue ocurriendo aunque el móvil permanezca en el bolsillo.
Es tan obvio como parece: cuando dejas de mirar la pantalla, vuelves a mirar el mundo. Sin cobertura, el viaje recupera su ritmo natural. Empiezas a fijarte en la luz que entra por una calle a primera hora de la mañana, en el murmullo de un mercado donde no entiendes una sola palabra, en ese pequeño restaurante al que has llegado porque olía bien y no porque alguien lo hubiera convertido en un imprescindible. Y descubres algo que habíamos olvidado: no hace falta estar permanentemente conectado para sentirse presente. Al contrario. Es precisamente cuando desaparece el ruido del móvil cuando el viaje empieza a hablar.
También huyo de la obsesión por la velocidad.
Cada vez me cuesta más entender esos itinerarios que intentan resumir un país entero en diez o quince días. Tres vuelos internos. Cinco ciudades. Ocho hoteles. Cientos de fotografías. No lo digo desde la superioridad. Soy consciente de que no todo el mundo dispone de tres semanas de vacaciones y de que hay gente que le gusta verlo todo sí o sí, cueste lo que cueste. Aún así, está claro que el trabajo, la economía o las responsabilidades marcan el tiempo del que cada uno dispone.
Pero creo que la cuestión nunca ha sido cuántos días tienes. Sino cómo decides vivirlos. Quizá no puedas recorrer toda Malasia. Quizá tampoco haga falta. Tal vez sea mejor conocer una ciudad con calma que atravesar cinco sin recordar apenas cómo olían sus calles. Porque un viaje no siempre se mide en kilómetros. A veces se mide en el tiempo que eres capaz de permanecer en un lugar sin sentir la necesidad de ir al siguiente.
También por eso sigo prefiriendo los trenes y los autobuses locales a los vuelos internos siempre que puedo. No porque sean más cómodos (obvio que no), sino porque me obligan a reducir la velocidad, a mirar por la ventana, a entender que entre un destino y otro también existe un país.
Y luego está la moto. No la entiendo como un medio de transporte. La entiendo como una forma de libertad. La posibilidad de desviarte porque una carretera parece bonita. De parar porque la luz ha cambiado. De descubrir una playa donde no hay nadie o un pequeño restaurante sin nombre donde acabas comiendo el mejor plato del viaje. Muchos de los lugares que más recuerdo no los encontré. Ellos me encontraron a mí.
Con el tiempo también ha cambiado mi forma de fotografiar. Antes quería volver con la imagen perfecta. Ahora prefiero volver con una historia. He descubierto que las fotografías que más significan para mí casi nunca son las técnicamente impecables. Son las que consiguen devolverme una sensación. El calor de una tarde. El ruido de un mercado. El silencio de una estación de tren. La humedad antes de que empiece a llover. Quizá por eso cada vez hago menos fotos para demostrar que he estado en un lugar y más para recordar cómo me sentía cuando estaba allí.
No sé si esta forma de viajar es mejor. Ni siquiera creo que exista una manera correcta de hacerlo. Solo sé que, con los años, he dejado de volver a casa orgullosa por la cantidad de sitios que he visto. Prefiero regresar con la sensación de haber entendido, aunque solo sea un poco, el lugar que me ha acogido durante unas semanas. Aunque solo haya sido lo suficiente como para querer volver.
Hace tiempo que comprendí que viajar no consiste en llenar un mapa de puntos. Consiste en dejar que algunos lugares encuentren un sitio dentro de ti. Y eso, por suerte, nunca aparece en una lista de imprescindibles.
En unos días empieza una nueva aventura. Esta vez, rumbo a Malasia. No prometo una guía para verlo todo. Solo espero volver con buenas historias, algunos lugares inesperados y la confirmación de que, a veces, los mejores viajes empiezan justo donde termina el plan. Seguimos por aquí.







