
Vivimos rodeados de inspiración. O, al menos, eso creemos. En realidad, muchas veces vivimos rodeados de comparaciones. Siempre hay un hotel más bonito, un restaurante más especial, una casa mejor decorada o un destino que parece más auténtico. Y, poco a poco, la sensación de abundancia acaba convirtiéndose en una sensación permanente de carencia.
La era de lo aspiracional es también la era de la insatisfacción total, del nunca tengo suficiente. Una era en que lo tienes que tener todo y todo tiene que ser ya.
Lo verdaderamente inquietante es que hemos terminado aceptándolo como algo normal. Hemos normalizado desear constantemente cosas que hasta hace cinco minutos ni siquiera sabíamos que existían. Y no hablamos únicamente de objetos. También de experiencias, de lugares, de cuerpos, de estilos de vida. De versiones supuestamente mejoradas de nosotros mismos. Abrimos Instagram y, en cuestión de minutos, descubrimos que deberíamos estar viajando más, vistiendo mejor, comiendo en restaurantes más interesantes, haciendo más deporte o viviendo en una casa que se parezca un poco más a las que aparecen en las revistas de decoración. Todo parece al alcance de la mano. Todo parece posible. Y, precisamente por eso, todo lo que no tenemos empieza a parecer una carencia.
No es casualidad. Hemos construido una economía que necesita mantener vivo nuestro deseo. Una industria que ya no se conforma con vendernos productos, sino que aspira a vendernos una determinada idea de cómo deberíamos vivir. Porque hoy no se vende simplemente una chaqueta. Se vende una estética, una personalidad, una forma de entender la moda. No se vende una habitación de hotel, sino la promesa de una experiencia extraordinaria. Y no se recomienda un restaurante por lo bien que se come, sino por lo que significa haber conseguido una mesa. El producto es casi lo de menos. Lo importante es todo aquello que creemos que dice de nosotros.
Y ahí empieza una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo: hemos convertido el consumo en una forma de construir nuestra identidad. La ropa que llevamos, los lugares que visitamos, los restaurantes que frecuentamos o los objetos con los que decoramos nuestra casa se han convertido en una especie de carta de presentación. Ya no basta con que algo nos guste. Parece que también tiene que explicar quiénes somos. O, peor todavía, quiénes nos gustaría ser.
Y así, casi sin darnos cuenta, hemos trasladado al ocio la misma lógica de productividad que gobierna buena parte de nuestra vida. Hay que aprovechar las vacaciones, conocer los restaurantes de moda, descubrir las nuevas tendencias, estar al día. Incluso descansar parece requerir cierta planificación. Lo más absurdo es que hemos empezado a sentir que repetir equivale a perder oportunidades. Volver al mismo restaurante, visitar de nuevo una ciudad o ponerse una prenda que llevamos años teniendo parece menos interesante que descubrir algo nuevo. Como si la novedad tuviera valor por sí misma. Como si disfrutar de algo una segunda vez fuera una forma de conformismo.
Sería ingenuo pensar que todo esto es únicamente consecuencia de nuestra falta de autocontrol. Las redes sociales no inventaron el deseo, la comparación ni el consumismo. La publicidad lleva décadas construyendo aspiraciones y asociando productos con determinadas formas de vida. Lo que ha cambiado es la escala. Antes la publicidad ocupaba espacios concretos: una revista, un anuncio de televisión, un escaparate. Hoy el escaparate nos acompaña a todas partes y se adapta constantemente a nuestros intereses. Además, la frontera entre publicidad, recomendación y experiencia personal es cada vez más difusa. Una fotografía aparentemente espontánea puede formar parte de una campaña. Una recomendación puede esconder un acuerdo comercial. Y una vida que parece extraordinariamente natural puede estar cuidadosamente construida para resultar deseable.
No significa que todo sea falso. Significa que cada vez resulta más difícil distinguir entre lo que alguien comparte porque realmente le gusta y lo que comparte porque forma parte de un negocio. Y esa confusión beneficia a un sistema que ha aprendido a monetizar prácticamente cualquier aspecto de nuestra vida cotidiana. No hace falta que un algoritmo quiera hacernos infelices. Basta con que esté diseñado para mantener nuestra atención. Y una de las formas más eficaces de conseguirlo es ofrecernos constantemente algo nuevo que mirar, desear o comparar. La satisfacción, al fin y al cabo, no parece un negocio especialmente rentable.
Hay algo que no quiero pasar por alto, especialmente porque escribo estas líneas desde un blog en el que llevo años hablando de viajes, moda, fotografía, hoteles y restaurantes. Yo también formo parte de todo esto. También descubro marcas a través de Instagram. También compro ropa de segunda mano, busco muebles para casa y guardo restaurantes que probablemente tardaré meses en visitar. Y también comparto fotografías, experiencias y recomendaciones que pueden despertar en otras personas el deseo de hacer o comprar algo. Sería bastante hipócrita situarme al margen. Pero quizá precisamente por eso me interesa reflexionar sobre ello.
Porque no creo que la solución pase por dejar de consumir, renunciar a las redes sociales o convertir cualquier compra en un dilema moral. Me gusta la moda, me gusta viajar y me encanta descubrir lugares nuevos. No pienso disculparme por ello. La cuestión es otra: ¿cuánto de lo que deseamos responde realmente a nuestros gustos y cuánto es el resultado de una exposición constante a lo que otros tienen, hacen o recomiendan? Y, sobre todo, ¿en qué momento empezamos a confundir querer algo con necesitarlo?
Una de las consecuencias más tristes de esta dinámica es que apenas nos concedemos tiempo para disfrutar de lo que acabamos de conseguir. Antes de estrenar una chaqueta ya estamos mirando otra. Antes de volver de vacaciones ya estamos pensando en el próximo viaje. Antes de sentarnos a comer en un restaurante ya hemos guardado tres más. Siempre existe una alternativa que parece mejor. Y así hemos terminado viviendo en una especie de provisionalidad permanente, como si lo que tenemos hoy fuera únicamente una versión mejorable de lo que podríamos tener mañana.
No tengo ninguna intención de dejar Instagram. Tampoco de dejar de guardar restaurantes, descubrir marcas o imaginar nuevos viajes. Pero sí me gustaría dejar de vivir con esa sensación de que siempre hay algo pendiente. Algo que comprar, algo que visitar, algo que mejorar. Porque una cosa es tener curiosidad por el mundo y otra muy distinta es sentir que nuestra vida nunca está a la altura de todo lo que vemos.
Y quizá esa sea la verdadera trampa de lo aspiracional: hacernos creer que la felicidad está siempre un poco más adelante, en la próxima compra, en el próximo viaje, en la siguiente versión de nosotros mismos. Mientras tanto, seguimos deslizando el dedo por la pantalla. Buscando algo. Aunque muchas veces ni siquiera sepamos qué.
Tal vez la verdadera rebeldía, en una sociedad que necesita convencernos de que siempre nos falta algo, sea aprender a reconocer cuándo ya tenemos suficiente.







